Por lo general nuestras primeras palabras las pronunciamos en nuestro primer año de vida gracias a la ayuda de nuestros seres paternos: tete, mama, papa, así sucesivamente vamos repitiendo lo que escuchamos, sin darle sentido, hasta construir palabras, frases, oraciones que nos van ayudando a conocer el lenguaje en que nos movemos.
Entonces, nuestra atención debe basarse en cómo se está construyendo esa primera experiencia tan determinante en el alumno; analizando mi propia experiencia no tardo en recordar cómo nació ese sentimiento de repudio al tener que haber leído libros tan complejos, sin sentido que me hacían pensar “eso para que me sirve en la vida”, pero cuando me encontraba con textos sobre la formación de los planetas, de la erupción de un volcán, de inundaciones, cautivaban mi interés a tal punto que solo consideraba buenos textos los que giraban en torno a esos temas, y los otros fastidiosos de trabajar, lo cual lo hacía bajo el sentimiento de la obligación.
Esta problemática se fundamenta en el poco o nulo interés que despiertan esos libros en el niño, que solo tiene como fin distraerlos o matar tiempo, en vez de llevarlos a conocer un mundo diferente al de su familia o el de la escuela, haciendo que con el tiempo, en años posteriores, no dediquen tiempo a la lectura y no valoren la importancia que tiene en su proceso instructivo.
Otro factor que ocasiona esta crisis en la lectura es el método empleado por el maestro, que se dedica al desarrollo de habilidades lectoras, en vez del desarrollo al deseo por la lectura, siendo una idea errónea por la que pasan la mayoría de los alumnos o también, esa falta de interés se refleja como consecuencia al papel que asumen los padres con los mismos textos, claro hay casos en que la dificultad es ocasionada por trastornos neurológicos, pero no son tan numerosos como los mencionados anteriormente.
La falta de amor e interés hacia la lectura se vive actualmente, incluso a mí me tocó vivirlo, pero no nos podemos quedar ahí recordando y reflexionando solo en ello, sino buscar el método apropiado para no emplearlo con nuestros futuros alumnos, dejar que ellos participen en la selección de los libros que se les propone leer y de la misma manera, guiarlos para que así se vean identificados con estos.
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