Muchas veces me levanta un sonido que viene de la cocina: mataron a un joven en una riña callejera, se perdió la billetera de la señora Martha Gómez, se necesita guarnecedora… y muchas otras noticias que día a día mi mamá oye, pero, cuando no es ese ruido, es la olla a presión que suelta el aire avisando que ya los alimentos están listo –bizchhh-; esa desesperante situación ocurre como a eso de las cinco de la mañana casi todos los días, la excusa que lo reconforta es que por medio de la bulla logro levantarme para ir a clases.
Cuando voy de entrada a la universidad, me llama la atención cómo venden todos los puestos de empanadas y fruterías que están a su a su alrededor, a veces, desayuno por ahí, cuando lo hago, me inclino por las empanadas, el hecho de ver tantas y tan variadas me hacen caer en tentación; a mi mamá no le gusta, dice que tanta grasa es dañosa, pero yo al ver que todos las comen hago caso omiso a sus recomendación de madre preocupada. Ayer me llamó la atención, que mientras que ella hacía, como de costumbre, el almuerzo en la madrugada, oí que dentro de tanta tragedia emitida por la radio, recomendaban con insistencias unas empanadas, las llamaban: “las deliciosas empanadas de doña María de los Ángeles Carrillo”, inmediatamente me sorprendí, empecé a comentar, -esas son las empanadas de la mamá de Alex, ese es el nombre completo de ella, mirán son bastantes cotizaditas- mi mamá por su parte siguió en lo suyo, no demuestró interés.
La señora, María de los Ángeles Carrillo, es mi suegra, por eso me sorprende oírla en la emisora, ya sabía que tenía un negocio de empanadas, pero no que fueran conocidas, se podría pensar que soy una consumidora obsesiva de sus empanadas, pero no, como dije: es muy de vez en cuando que lo hago, tanta cosa contra ellas de una u otra manera influye; el caso es que apenas vi a mi novio le comenté lo de la noticia publicitaria, me dijo que sí, que para él no era sorpresa, pues el locutor era un viejo vecino y por eso tenía la costumbre de nombrar las famosas empanadas de su mamá, estábamos en la casa de él, en medio de la sala y la cocina, en donde está el computador, mientras él me contaba, escuché que estaban en busca de una fritadora, pero nadie se le quería medir a eso, yo no entendía el problema que agobiaba a los empleados, pero sí, me sorprendía ver cómo se movían de un lado a otro, recibían pedidos de pollo, de harina, decían: la cebolla subió, falta encargar los huevos, el ají no hay quien lo compre y así sucesivamente, un ajetreo que enloquecía a los que estuvieran por ahí
En el momento en que ocurría ese corre y corre eran como las diez y treinta, yo pregunté que si era que tenían que enviar un pedido a un evento en especial o algo por el estilo, pero no, la respuesta era que como ya casi salían los estudiantes de los colegios y de las universidades a almorzar debían estar los calentadores de los compradores listos, con los pasteles calientes. A los veinte minutos ya todo había pasado, de nuevo reinaba la paz en la casa de mi novio, los empleados, dos de ellos que viven ahí se fueron a dormir un rato, mi suegra se fue para la plaza a traer lo del almuerzo y dos empleadas más, se quedaron cocinando el pollo y apagando la leña; yo aproveché para ir al fondo de la casa y curiosear el patio, allá estaba la fábrica, me había solo asomado un par de veces, siempre hay tantas personas ocupadas, de entrada y salida que me da pena estorbar.
Mi primer pensamiento fue- esto sí es un fábrica- habían unas pailas enormes, sé de ese término porque así le escuché a mi novio nombrar a la olla, como yo la llamaba, una moledora de yuca, de carne, una maquina aplanadora de masa, como la llaman ellos, sus creadores, mesones amplios donde se sientan a hacer las tareas diarias, cuatro fogones y una brasa a leña, esta era la culpable de que en mi recorrido me oliera el pelo y la ropa a leña. Uno supone que cuando alguien habla de montar un puesto de empanadas es solo tener una estufa y sale, y no, es todo un negocio bien montado; a la entrada de la cocina de la casa, habían un ollas de esas de sancocho con el arroz ya cocido, papas lista para amasar, platones con pechugas desmenuzadas, en espera de montar una nueva tarea.
Una de las empleadas me dijo, que como a eso de las dos de la tarde, se ponían de nuevo a armar las empanadas para que a las cuatro salieran los pedidos de las cafeterías y de nuevo la de los estudiantes, yo le pregunté, ¿quién cocina todo eso, el arroz, el pollo..?, ella me dijo la patrona, mi suegra, en la madrugada, como a las cuatro de la mañana; a mí me aterraba el trabajo tan complejo de hacer empanadas, yo suponía que era lo más fácil del mundo, si no por qué habían tantos puestos a la entrada de la universidad, por qué estas personas se dedicaban a eso si se supone que están ahí porque no les gusta matarse tanto, mi sorpresa pasó de oír la noticia publicitaria de las empanadas de mi suegra mientras mi mamá preparaba el almuerzo, a ver cómo se hacía algo tan complejo y que en algún momento consideré fácil.
A las once pasadas, llegó mi suegra con lo del almuerzo, por suerte de ella una de las empleadas ya cocinaba, yo aproveché que la vi unos minutos desocupada y le pregunte qué cómo era eso de que ella tenía cocinado parte de los ingredientes desde la madrugada, que a qué horas ella se levantaba siempre, ella me respondió: a las dos de la madrugada, imagínense, no era a las cuatro sino a las dos; me explicó que debía cocinar el pollo, el arroz, preparar unos guisos, responsables de darle el sabor a las empanadas que más se vendían: las mixtas, tanto de trigo, como de yuca, y tener así casi todo adelantado, para que cuando llegaran los empleados se pudiera hacer todo más rápido, aclaró, que de las misma manera, a lo largo del día se la pasan cocinando o través de todo, porque nunca faltan pedidos que hacen de improviso.
Ese día almorcé allá, como a eso de las tres de la tarde empezaron a llegar unas futuras empleadas para el puesto de fritadora, Doña María a todas les preguntaba si tenían bebés, porque en tal caso, les quedaba difícil trabajar ahí, acalorarse y en una emergencia salir a serenarse por el niño, no puse cuidado a sus entrevistas, quería ver era cómo era la armada de las empanadas, ya había entendido la preparación de los ingredientes, pero no cómo se armaba la empanada que miles de estudiantes comen a la salida de clases.
Cada empleado tenía una función distinta, primero, estaba el que cortaba las tiras de la pasta que sostenía el relleno, lo hacía con una rapidez que solo la justifica la experiencia; el segundo, ponía el relleno, dependiendo el sabor que estuvieran haciendo; la tercera, era la trinchadora, la que sellaba las empanadas de tal manera que no se fueran abrir al echarse en la paila y por último la fritadora, la que tenía a cargo el color doradito como debían quedar; doña María hacía de las cuatro funciones, cuando se desocupaba en una se iba a la otra, supervisando que todo le quedara como siempre, finalmente, entre todos empacaban, alistaban el ají y paso a seguir el despelote por llamar al domiciliario, que entendiera bien la dirección y llegara a tiempo.
Así sucedía día a día, en la casa de mi novio, por todo ese proceso debía pasar ese pasa boca que solo tardaba unos minutos en desaparecer en manos de los clientes, por mi parte, me di cuenta que hacer empanadas es todo un trabajo, bastante de admirar, en eso pienso cada vez que oigo la emisora que mi mamá sintoniza, esperando el momento en que salga la publicidad de las empanadas de doña María, pero me di cuenta, que la pasan de vez en cuando, mientras, sigo contemplando los puestos que hay en la entrada de la Uis e imagino que habrá sucedido hoy en la madrugada mientras esos pasteles estaban en preparación.
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